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Enero y febrero 2012 "Finanzas románicas"
Repositorio de "En este mes comentamos". Enero y febrero   2012

Finanzas románicas

En su versión actualizada el quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia nos sigue recordando la tradicional obligación de “pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios”, entendiendo esta institución como Iglesia Triunfante más que Militante, en este caso identificada con los pobres, en su principal acepción. El tema, que refleja una práctica/mandato vinculada a todas las religiones del Libro y que es regularmente recordada a lo largo de la Historia Sagrada desde el Antiguo Testamento hasta los Concilios del siglo VI, supera el motivo que nos vincula y, por tanto, no será tratado aquí en su mayor amplitud.

Hoy ya no se hablan de “diezmos” y “primicias”; estamos más cerca de “marcar la casilla” que de las décimas partes de lo producido a que aluden los diezmos o de las “Tete de Couvé” a que se refieren las primicias, primeros frutos.

Aquellas acepciones superadas estaban refiriéndose al pago en especie como práctica medieval que aludía a una economía de intercambio y esa es la imagen principal que abunda sobre la materia en nuestro magín. Pero siendo cierto no era exacto. El pago en especie como costumbre que ha durado hasta nuestros días, todos recordamos las atenciones a los maestros, médicos…etc, existía solo en parte, como la lógica nos hace suponer. No era en especie el pago de las grandes cantidades, de las parias, etc ni tampoco el de las pequeñas como las deudas de juego a que estaban tan habituados en el románico, ni los óbolos a los sacerdotes en pago por sus servicios, o las propinas a los saltimbanquis y resto de marginados.


En el primer caso, el de las grandes cantidades, las sumas se pagaban en monedas de curso legal, entendiendo como tales las monedas de gran valor, oro o plata, que se acuñaban en las cecas. Pero tales monedas, que quizás fuesen las que guardaban los usureros en las bolsas colgadas al cuello como aparecen en la iconografía románica, no eran de uso diario. ¿Entonces?

Fuera del curso legal existían monedas humildes de valor facial generalmente aceptado por la sociedad, quizás porque tal valor coincidía con el de los “metales” que las formaban. Aquellas “monedas humildes” no tenían reconocimiento oficial y solo se utilizaban para pequeños pagos; en algunos casos, como el de los servicios prestados por los monjes y sacerdotes, originaban su acumulación por los mismos antes de ser “cambiadas” por monedas de curso legal en las que respaldar sus riquezas.

Mención aparte merecen también las monedas funerarias. Éstas eran piezas con agujeros por los que se hacía pasar un hilo metálico que permitía unirlas a los cadáveres como recuerdo o vaya usted a saber; su frecuencia era tanto mayor cuanto más rico era el difunto y su familia. Pero en época románica los sarcófagos, de piedra, eran multiuso y cuando se reabrían para alojar nuevos cadáveres volvían a aparecer aquellas monedas agujereadas que eran ahora recuperadas, decenios después del primer óbito, y puestas en circulación.

La imagen sobre el tema termina con los peregrinos, cuyos avatares les desaconsejaban, por seguridad sobre todo, pero también por pragmatismo, el recorrer la senda cargados de monedas de las de curso legal, situación que se resolvió con las primeras apariciones de las letras de cambio y de los primeros banqueros, gracias a la intervención, especialmente, de los Templarios.




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