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Mundo Románico Órdenes Religiosas Órdenes Religiosas Románicas: masculinas y femeninas

Órdenes Religiosas Románicas: masculinas y femeninas
Órdenes Religiosas. Órdenes Religiosas Románicas: masculinas y femeninas

Nos adentraremos en el mundo de las órdenes religiosas que nacieron durante los siglos del románico, tanto masculinas como femeninas. Las órdenes religiosas son asociaciones de hombres o de mujeres, que pretenden desarrollar, en régimen cenobítico o no , una vida de rezo y de prácticas piadosas. Estos miembros se comprometen a la práctica de ciertos votos, que por lo general son de castidad, de pobreza y de obediencia. Antes haremos una breve introducción a la que sirvió de base para todas ellas: los Benedictinos.
Fundada por San Benito de Nursia a principios del siglo V, en el monasterio de Montecassino. Es el autor de la Regula sancti Benedicti, redactada en latín y en cuyos 73 capítulos, se regula la vida de los monjes al máximo, dividiendo el día en horas de trabajo y horas de oración, para lo que varió el calendario romano. A lo largo del texto hay yuxtaposiciones entre los capítulos, lo que denota que fue escrito sobre la marcha. En ella nada se menciona respecto a la arquitectura que debía tener un monasterio benedictino, y lamentablemente, no se ha conservado ninguna construcción de esta época, pero sí que tenemos un documento, que puede ayudarnos a conocer el ideal de monasterio benedictino.


Órdenes Religiosas. Órdenes Religiosas Románicas: masculinas y femeninas

CLUNIACENSES- a principios del siglo X, Odón y otro compañero, cansados de la degeneración de la vida monástica que había en san Martín de Tours, deciden marchar en busca de un lugar donde se cumplan los votos que han profesado. Odón no tarda en regresar a San Martín, decepcionado por no haber encontrado un sitio dónde se respete la vida monástica. Poco tiempo después, es llamado al monasterio de Baume, donde el abad Bernón ha tenido éxito a la hora de reformar el monasterio. Bernón será el primer abad de Cluny. Fundado en 909-910 por el duque Guillermo de Aquitania, en unos terrenos que su hermana le había legado al morir. Establece que en este monasterio se respete la Regla benedictina y además prohibió cualquier intromisión seglar, renunciando él mismo a los derechos que tenía como fundador. Esto quedó fijado en sus estatutos, al igual que su dependencia directa de Roma y no del poder real.
Odón fue su segundo abad y continuó la labor reformadora de Bernón, estableciendo la configuración de una red de monasterios que dependían de otros o bien de la casa madre. Para evitar la corrupción interior, impuso que el nombramiento de los abades se hiciera desde fuera y no lo realizasen los miembros de cada monasterio. De esta manera, se consigue que los monasterios dependan unos de otros, pero siempre con Cluny a la cabeza de todos ellos. Aquellos que no lo acataran, quedarían aislados, así que en estos primeros años, fue aumentando el número de monasterios bajo su influencia. También se les cedieron terrenos para crear casas filiales y se le encomendó la tarea de reformar abadías tan renombradas como Aurillac, San Julián de Tours o San Benoit-sur-Loire. De esta manera Cluny se encumbró como centro reformador y su influencia fue patente en los siglos XI y XII, convirtiéndose en un centro cultural y de poder, debido en parte a la buena relación que mantuvo con los reyes, nobles y la curia romana de la época.
Pero el poder corrompe y volvieron a surgir nuevas escisiones, provocando la creación de nuevas órdenes.


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CISTER- su nacimiento se remonta a 1075, cuando el monje benedictino Roberto, asqueado de la decadencia de la orden cluniacense, decide marcharse para poner en práctica el ideal de vida monástica. Así llega a Molesmes, donde junto con siete compañeros, compartió la soledad, el ayuno, la pobreza y la oración. Esta nueva fundación fue un éxito, pero en poco tiempo, la abadía cayó en la misma degeneración que el resto de abadías benedictinas, así que Roberto, en la década de los noventa del siglo XI, se marcha y hace su segunda fundación en Citeaux. Junto con un grupo de monjes que le eran fieles deciden aplicar la primitiva regla benedictina, basada en la pobreza, el aislamiento y la austeridad, incluyendo la estética y los lujos arquitectónicos. Entre 1114 y 1118 Esteban Harding, tercer abad de Citeaux, redactó los estatutos de la orden: la Charta Caritatis, en la que se fijan los preceptos de la Orden, entre ellos: la elección de los abades se hará dentro de la propia comunidad monástica y él sería quien controlará lo que suceda en su interior y, una vez al año, habrá una reunión de los abades en un Capítulo general, bajo la presidencia del abad de Citeaux, en el que se que corregirán los estatutos que no se ajusten a la vida que se quiere llevar en la Orden.
En estos años, ya se encontraba entre los monjes, Bernardo de Fontaine, que había llegado en el 1112 acompañado por unos treinta jóvenes, dispuestos a impulsar esta nueva Orden. Gracias a su carisma y al apoyo del papado para la creación de nuevas órdenes, estableció una nueva comunidad en Clairvaux, de la que fue abad hasta su muerte en 1153.
Los monasterios cistercienses se diferenciarán de los cluniacenses, en que carecerán de lujos arquitectónicos y decoración escultórica, limitándose a motivos vegetales. El centro de la vida monástica será la iglesia y alrededor del claustro se construirán las diferentes dependencias: en la panda del Capítulo (este) encontraremos la sala de trabajo de los monjes, la sacristía, el armariolum, la sala capitular y en el piso superior los dormitorios; al sur estará el refectorio, colocado de forma transversal por si hay que ampliarlo, el lavatorio y la cocina; a continuación estará la panda oeste que puede albergar los almacenes o las salas para conversos y la que está junto a la iglesia se denominaba del collatio o del mandatum, ya que en ella se realizaba la lectura de las Collationes de Cassien.
Fuera de este núcleo se han datado otras estancias, como fraguas y molinos, que servían para que la abadía se autoabasteciera, ya que sus estatutos les prohibían aceptar ayuda del exterior.


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CARTUJOS- orden fundada por San Bruno, cuyos rasgos primordiales eran el eremitismo y la alabanza a Dios. En 1084 Bruno de Colonia junto con otros compañeros más, se dirigen a la región de Chartreuse, donde levantan una capilla y unas chozas de troncos que les servirán de cobijo. San Bruno no dejó ninguna regla escrita, pero si existen unas normas redactadas en 1128, por Guignes I (o Guigo de Pin), que llegaron a ser los estatutos de todas las cartujas: las Consuetudines Cartusiae, son una mezcla entre la Orden Benedictina y la Cisterciense, además de otras antiguas reglas, como la de ermitaños de Gunlaico, y la de Cesáreo de Arlés. Según esta orden cada cartujo debía tener un director espiritual, un prior que fuera elegido por toda la comunidad y que a su vez, pudiera ser relevado en cualquier momento por su mala gestión, evitando así la concentración de poder; también se eliminó el cargo de abad. El número de cartujos estaba limitado a una docena y no podría haber otro mientras no se quedara una celda libre; sin embargo, el número de monjes legos variaba dependiendo de la cantidad de ellos que pudieran mantenerse. Cada cartuja debía tener un fraile para amasar el pan, un zapatero, un cocinero, un pastor y otro fraile que cuidara de las labores del campo.
El fin de un monje cartujo es el de la búsqueda de Dios en la soledad, por eso realizaban la vida en su celda, que se disponía alrededor del claustro como si fueran casas adosadas, poseían una salida a un jardín privado y un aseo personal. Sólo salían de ella tres veces al día: para acudir a maitines, laudes y vísperas; haciendo el resto de los oficios privadamente. Las comidas las hacían en la celda, les pasaban los alimentos a través de una ventana, cuando sobraba comida se la devolvían al cocinero, excepto el vino y el pan, los cuales podían comer libremente hasta el sábado. En su dieta no se incluía la carne y los lunes, miércoles y viernes sólo tomaban pan y agua. Sólo los festivos, realizaban la comida junto con sus compañeros en el refectorio.
A parte de las celdas, el resto de las estancias eran las mismas que en las otras órdenes: la iglesia, la cocina, el refectorio y el resto de salas habituales de los monasterios. Los novicios tienen su espacio aparte, con su alojamiento particular, su cocina, su alcoba, una sala de estudio, el comedor, el granero y el huerto. Al igual que los monjes dormían en un jergón y se tapaban con una sábana de lana.
Los cartujos mantenían un voto de pobreza, aunque tenían a su servicio a monjes legos que realizaban la mayoría de los quehaceres del monasterio y eran los que mantenían el contacto con el exterior; tanto con huéspedes como con mercaderes.
La disciplina entre los cartujos era dura, además del voto de silencio y el ayuno, se inflingían daño físico y se hacían cinco sangrías al año, siendo cuatro entre los legos, para purificarse.


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PREMONSTRATENSES- también llamados norbertinos, tomaron su nombre del asentamiento de la casa madre Prémontré, que funda San Norberto en 1121. Norberto era un miembro del alto clero que pretendió reformar su propio cabildo, el de Xanten; al no lograrlo se marchó de allí con la idea de crear una nueva fundación. En un primer momento llevó a cabo una labor de predicador, hasta que en 1121, junto a sus discípulos inicia la orden premonstratense bajo la regla de San Agustín, asentándose en un lugar apartado de la diócesis de Laon: La Prémontré; cinco años después sería ratificada por el Papa. Los estatutos de la orden los redactaría Hugo de Fosses, que sustituyó a Norberto cuando fue designado arzobispo de Magdeburgo, tenían como modelo los principios de San Agustín y el Ordo monasterii, es decir, el silencio estricto, el trabajo manual y la renuncia de la carne. Tomo como modelo: la Charta Caritatis, cisterciense.
La predicación y los deberes parroquiales no fueron relevantes en un principio, hasta que inspirados por Norberto, muchos de los premonstratenses se orientaron hacia la predicación, por lo que el papa Clemente III, les otorga el ministerio parroquial a finales del siglo XII. La orden se extendió por Francia, Países Bajos, Alemania, Noruega llegando hasta Palestina.
No hay un prototipo de planta monasterial premonstratense, los edificios de esta orden recogen la arquitectura autóctona de donde se edifican y también las características de los monasterios cistercienses, en particular la necesidad del número de capillas en la iglesia, ajustándose a su labor parroquial.

RUFONIANOS- se trata de una orden de canónigos. En 1039 cuatro clérigos de la catedral de Aviñón se establecieron en el santuario de San Rufo, en las afueras de la ciudad, donde adoptaron una vida monacal austera y pobre, acorde con lo que se estaba efectuando en la época. Eran partidarios del ascetismo moderado y aceptaron la renuncia de la propiedad que el papa Nicolás II estableció en el Sínodo Laterano de 1059. Sus estatutos se recogen en el Liber Ordinis elaborado por el abad Lietbert, que se inspira en los textos de San Agustín y se basaban en una vida carente de pertenencias y de amor al prójimo. Tuvieron una segunda casa en Valence y se expandió por el Mediodía francés y el noroeste de España.


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CAMALDULENSES- San Romualdo provenía de un monasterio benedictino del que se fue decepcionado por la falta de disciplina. Probó la vida eremítica pero tampoco le satisfizo. Conoció en Roma a Garin, abad del monasterio de San Miguel de Cuixa, con quien viajó hasta Cataluña, en la biblioteca de este monasterio encontró los fundamentos para llevar una vida ascética en las Collationes de Cassien. Regresó a Italia, donde llevó una vida nómada y ermitaña en la zona de los Apeninos. En 1024 fundó un pequeño monasterio en la ciudad toscana de Camaldoli, en donde quiso unificar la vida eremítica con la tradición cenobítica. El monasterio se divide en dos zonas, una parte donde los monjes serán preparados para la vida eremítica y la otra en donde vivirán los eremitas, que estará completamente aislada. En el recinto monástico nos encontramos con la iglesia, la sala capitular, la biblioteca y una serie de estancias que sirven de dependencias para los monjes; todo ello rodeado por una muralla. No será hasta 1072 cuando esta comunidad recibió la confirmación del papa Alejandro II.

VALLOMBROSIANOS- nacidos también en Italia en la primera mitad del siglo XI, al igual que los camaldulenses, intentaron conciliar la vida eremítica con la monacal. Su fundador fue Juan Gualberto, quién en 1037 constituyó el monasterio de Vallombrosa. Este monje había abandonado el monasterio de San Miniato al Monte (Florencia) tras conocer la compra de poderes en su interior. Llegó al monasterio de Camaldoli, y de allí se retiró con algunos compañeros, a las montañas florentinas donde creó la comunidad de Vallombrosa. Aunque muy influenciada por los camaldulenses en un principio, la orden acabó acatando la regla de San Benito. Juan Gualberto obligaba a sus monjes a trabajar para evitar la ociosidad, pero el trabajo físico lo realizaban los monjes legos analfabetos, que no podían dedicarse a las labores intelectuales.
En la década de los ochenta, su cuarto prior, Rodolfo, escribirá la regla, en la que se separa la vida ascética del eremita de la disciplina monástica basada en la regla de San Benito.


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ORDENES FEMENINAS
Igual que existían monasterios masculinos, también se dieron comunidades femeninas, la diferencia más importantes es que las mujeres no podían se ordenadas sacerdotes, por lo que dependían de una figura masculina para llevar a cabo los puntos más importantes de la práctica cristiana, como la confesión, la celebración de la eucaristía y la comunión.
La imposibilidad a la hora de dar misas de difuntos, hacía que las monjas tuvieran que contratar a un clérigo para que las diera. Este dependencia espiritual fue creando una desventaja económica frente a los monasterios masculinos, que no necesitaban pagar a nadie para que se diera una misa. Las monjas también debían practicar la abstinencia sexual por lo que se consideró que lo más seguro era el aislamiento riguroso del exterior. A mediados del siglo XI, con motivo de la reforma gregoriana, se les dará la alternativa de acogerse a la regla de San Agustín o a la de San Benito.
En Alemania, estos conventos femeninos estaban muy ligados a la nobleza, ya que en ellos ingresaban las hijas no primogénitas, en su interior podían mantener su status social y se aseguraban así, que no tendrían descendencia. También era un centro de educación para las jóvenes de alta cuna, ya que no hacían los votos y podían regresar a la vida mundana en cualquier momento.
No será hasta el siglo XII cuando empiecen las fundaciones de monasterios femeninos con una función, exclusivamente, religiosa. Se enfrentaron a las órdenes masculinas que no querían que dentro de ellas existieran ramas femeninas, en muchas ocasiones la intervención papal fue necesaria para obligarles a encargarse de los asuntos espirituales de los monasterios de mujeres. Constructivamente hablando, había que habilitar un espacio en la iglesia destinado a las monjas; en los monasterios irlandeses y anglosajones, el templo se compartimentaba en espacios para monjas, sacerdotes y legos. En Alemania se realizaron coros altos, ubicados en el transepto, lo que facilitaba la comunicación con las estancias conventuales. A lo largo del siglo XII los coros altos comenzaron a construirse en el lado oeste, cambiando la fisonomía del monasterio, ya que las dependencias de las monjas se edificarán en este lado. El altar donde se celebra la misa se ubica fuera del coro, para que el sacerdote no tenga ningún contacto con las religiosas. Existía una habitación que servía de punto de contacto entre la clausura y el mundo exterior: el parlatorio o locutorio, allí las monjas recibían sus visitas, detrás de una reja que les impedía el contacto físico directo.
La vida en los monasterios femeninos también se regía por el horario litúrgico, el resto del tiempo lo dedicaban a la contemplación, la organización del monasterio, la enseñanza y la formación, y al trabajo en el huerto, la cocina o labores manuales, como el bordado.


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Antes de citar alguna de las órdenes femeninas que surgieron en los años del románico, trataremos de Hildegarda de Bingen, un caso excepcional dentro de la clausura femenina. Al ser la décima hija, sus padres no dudaron en que su vida debía dedicarse a la iglesia. Desde niña fue educada bajo este precepto y a la edad de catorce años, ingresó en el monasterio de Disibodenberg, que acogía una pequeña comunidad femenina. Hildegarda recibió el velo en el año 1114, bajo la regla benedictina. En pocos años el reducto femenino fue creciendo y se nombró abadesa a Hildegarda (1136). A mediados del siglo XII, y tras una de sus visiones, planteó la separación del monasterio masculino. El abad de Disibodenberg, se negó a ello, pero gracias a las amistades que tenía entre la nobleza, que intervinieron en su favor frente al arzobispo de Maguncia, logró su objetivo y fundó el monasterio de Rupertsberg, cerca de Bingen, al que seguiría el de Eibingen (1165).
Obtuvo el reconocimiento papal como visionaria, gracias a lo cual se saltó la prohibición del derecho canónico que prohibía a las mujeres enseñar y predicar. Hildegarda realizó tres viajes de peregrinación y fue autora de una abundante obra literaria, entre la que destacan estudios teológicos y científicos, composiciones musicales, sus obras sobre la Lengua ignota¸ trabajos hagiográficos, homilías y abundantes cartas remitidas a emperadores, papas y otras autoridades eclesiásticas.


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CLUNIACENSES- el monasterio de Marcigny fue fundado a mediados del siglo XI por el abad de Cluny: Hugo de Semur. Tenía una doble función: primero, ser un lugar de vida religiosa para mujeres, sobre todo las esposas de aquellos que habían ingresado en un monasterio; y también servir de hogar a la viudas, donde podían llevar una vida segura a nivel espiritual y material; es decir era un lugar dónde estas mujeres podían pasar su vejez.

CARTUJAS- el primer monasterio de monjas cartujas se fundó en el año 1147 en Prebayon (Provenza). Estas mujeres habían seguido el consejo de Juan de España, prior de la cartuja de Montrieux que las había facilitado un ejemplar de las Constituciones de Guigo. En el siglo XIII se alcanzó el máximo de monasterios femeninos, con 7 casas y dos afiliadas. Cada monasterio femenino recibía periódicamente, la visita de un prior y además se alojaban en un sitio aparte, un vicario y un par de ayudantes, que les servían de guía espiritual.
A pesar de profesar la misma regla que sus compañeros masculinos, las cartujas femeninas eran auténticos palacios, con lo cual el voto de pobreza, apenas se cumplía.

BERNARDAS- es la rama femenina de la Orden del Císter. En 1125 algunas monjas benedictinas abandonaron el priorato de Jully-les-Nonnains y se instalaron en la abadía de Tart solicitando la protección del abad cisterciense Esteban Harding, que se la concedió alrededor de 1132. Poco a poco fueron creciendo y se le incorporaron otros monasterios en Alemania, Bélgica, España, Inglaterra, Dinamarca y otras regiones francesas. En el de Tart, que era la abadía madre, era donde se celebraba el capitulo general.

PREMONSTRATENSES- en un primer momento contó con miembros de ambos sexos, recogiendo la costumbre de los antiguos monasterios dúplices. En el Concilio Laterano de 1139, se prohibió el rezo en el coro de manera conjunta, así que desde 1140 los conventos se dividieron en dos comunidades separadas, pero vecinas.

Vanessa Montesinos Muñoz


BIBLIOGRAFÍA:
• BLASCHKE, Jorge: “El Enigma Medieval. Los secretos de la Edad Media” Ediciones Robinbook, s. l., 2004. Barcelona.
• FERNÁNDEZ FLÓREZ, José Antonio: La vida cotidiana en el monasterio románico. “Monasterio románicos y producción artística” FSMR. Aguilar de Campoo, 2003 pp. 63-100
• FORTÚN PÉREZ de CIRIZA, Luis Javier: La Renovación del ascetismo: Císter, Premontre y Cartuja. Codex Aqvilarensis, 10. FSMR. Aguilar de Campoo, 1994. pp 41- 61
• KRÜGER, Kristina: “Órdenes religiosas y monasterios”. H.F. Ullmann, 2008. Barcelona.


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