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Simbolismo e Iconografía Antiguo Testamento Líderes y Profetas LOS PROFETAS, PATRIARCAS, JUECES y REYES DE ISRAEL. Profetas

LOS PROFETAS, PATRIARCAS, JUECES y REYES DE ISRAEL. Profetas

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Catedral de Bamberg. Portada del Principe. Detalle

    El profeta es áquel que habla en lugar de Dios. Pero los profetas judíos son también la voz del pueblo que sostienen y estimulan. Llamados Nebin (plural de nabi) en hebreo, los inspirados, son con los patriarcas, jueces y reyes de Israel, los principales representantes de la Antigua Ley. Anunciadores del Mesías, se los considera como Prefiguraciones de los apóstoles en la teología cristiana. Esta concepción prefigurativa se expresa en el crucero de la catedral de Chartres, donde los cuatro profetas mayores llevan sobre los hombros a los cuatro evangelistas; y también en la portada del Príncipe de la catedral de Bamberg, donde las estatuas de los doce profetas menores sirven de pedestales a los doce apóstoles que los continúan y superan. Esta es la explicación a que el número de profetas haya sido fijado en la cifra dieciséis que es la de los evangelistas y apóstoles reunidos. Los profetas mayores son: Isaias, Jeremias, Ezequiel y Daniel; los menores Abbdías, Ageo, Amós, Baruc, Habacuc, Joel, Jonás, Malaquias, Miqueas, Nahum, Oseas, Sofonías y Zacarías.
 
    La diferencia entre profetas mayores y menores simplemente radica en la extensión de sus escritos. La elección de un criterio tan arbitrario para su agrupación radica en que éstos pertenecen a momentos históricos diferentes y que los libros proféticos, tal y como se han transmitido, no presentan homogeneidad conteniendo fragmentos de diferentes épocas. Podría, por tanto, diferenciarse entre los profetas de Israel anteriores al Exilio o Preexilio: Elías, Jeremías, el primer Isaías; Amós, Miqueas, Oseas; los profetas del Exilio: Ezequiel, el segundo Isaías, Abdías y Joel; y los profetas del Postexilio o de la Restauración: Zacarias, Ageo, Malaquías.

    En cuanto a su representación individual, el arte cristiano primitivo no se preocupó por individualizar a los profetas. Todos se parecen por las vestiduras, largos mantos y sandalias, al igual que por sus atributos que son, uniformemente, un rollo o una filacteria, mientras que los apóstoles presentan el Libro de los Evangelios.

    A partir del siglo XII se esforzaron en caracterizarlos, al principio colectivamente, diferenciándolos de los apóstoles por el gorro cónico de los judíos, y después, por la influencia de los Misterios, mediante las ropas teatrales que se representan en el Pozo de los Profetas: anchos sombreros de alas elevadas, cinturones con cierres de orfebrería, bolsas con borlas. Más tarde, individualmente, ya inscribiendo sobre las filacterias un fragmento de sus profecías, ya esculpiendo sobre el pedestal de las estatuas que los representaban un detalle de sus vidas. Finalmente, se llegó a darles un atributo exclusivo a cada uno, igual que a los apóstoles. Dichos atributos se tomaron de sus visiones. Con menor frecuencia, los atributos aludían a circunstancias de sus vidas o al instrumento de martirio.


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23. Grupo de apóstoles sostenidos por profetas. Pórtico Occidental de la catedral de Notre-Dame (Paris), h. 1220.

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24. Isaías. Souillac

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25. Cántico de Isaias, Salterio de Utrecht. (Bibliotheek Der Rijksuniversiteit Te Utrecht, Hs. 32, f. 83 v)


     A pesar de aparecer individualmente, es más común que aparezcan en grandes ciclos agrupados y, en cuerpo, como el colegio apostólico (fig. 23). La naturaleza de estos ciclos varían de acuerdo con las épocas: en el arte bizantino aparecen principalmente en los conjuntos de mosaicos que decoran las pechinas de las cúpulas o en las enjutas de las arcadas de las naves; en el arte gótico francés, en estatuas, portadas y vidrieras; y en los púlpitos en el arte italiano. Estos ciclos pervivirán incluso después de la Edad Media (Réau, 1996: 395-399).

5.1. Profetas mayores

5.1.1. Isaías

    Se le considera el primero de los tres profetas mayores, junto con Jeremías y Ezequiel. Vivió en Jerusalén entre el 766 y el 701 a. C. No obstante, el libro de Isaías es de estructura compleja y se discute si fue ampliado con nuevas aportaciones en el siglo VI. Isaías vive y actúa en un período de prosperidad para el reino de Judá. Profeta, denuncia con vehemencia la relajación de costumbres que no dejará de atraer sobre el pueblo hebreo la cólera de Dios. Sus profecías relativas al Anuncio del Mesías procedente de una doncella y de la estirpe de Jesé, han hecho asimilar a éste con el nacimiento de Jesús. Igualmente otros temas han sido destacados por la tradición, como la visión del templo celestial, que sirvió igualmente de punto de partida para la tradición iconográfica de Dios en Majestad.

    Conforme al aspecto de los profetas, Isaías es un hombre de edad, con barba larga y suele estar acompañado por sus compañeros (fig. 24). Igualmente las profecías interpretadas como la Anunciación a Maria (Is 7, 14) y el Nacimiento de Cristo (Is. 9,5), se relacionaron con la representación de estos episodios, insertando al profeta en programas marianos. Las profecías mesiánicas, relativas al Árbol de Jesé (Is 11,1) lo relacionan con esta imagen. Finalmente, La visión del Señor (Is 6, 1) guarda estrecha relación con las representaciones de la Maiestas Domini (fig. 25). En relación a los episodios de su vida, la Purificación de los labios del profeta (Is 6, 5-13) con un carbón encendido adquirió el carácter de atributo distintivo. Los apócrifos transmitieron una leyenda referente a su martirio que sirvió de texto inspirador para la representación. Según ésta, el rey Manasés, hijo de Exequias, hizo que aserraran en dos a Isaías en un árbol hueco en el que se había ocultado para huir de la persecución. Esta leyenda gozó de una enorme difusión porque permitía establecer paralelismos con Cristo y los mártires. El martirio de Isaías, en las Biblias de los siglos XII y XIII, se encuentra al principio del texto. De este modo, cuando no se designa con una de sus profecías (Ecce Virgo concipiet), se lo reconoce por el brote del árbol de Jesé que tiene en la mano o bien porque porta una cucharilla que contiene una brasa o con una sierra en recuerdo de su suplicio.

 


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26. Isaías, Daniel, Jeremías y Moisés. Portico de La Gloria. Santiago

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27. Visión de Ezequiel. Biblia de Ripoll, h. 1020 (Roma, Biblioteca Apostólica Vaticana, Vat. Lat. 5729, f. 208v).

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28. Cántico de Habacuc (Bibliotheek Der Rijksuniversiteit Te Utrecht, Hs. 32, f. 85 v)


5.1.2. Jeremías

    Nacido hacia el 650, y acusado de derrotismo, Sedecías lo entregó a los jefes del ejército, quienes para ofrecer un castigo ejemplar, lo descendieron con cuerdas a una cisterna llena de barro, pero el rey, que temía que muriese de hambre allí lo hizo sacar de ese calabozo. Después de la caída de Jerusalén, Jeremías fue deportado a Egipto. El Señor le reveló que Nabucodonosor quebraría las columnas del Templo del sol en Heliópolis e incendiaría los templos de los dioses egipcios. De acuerdo con un relato legendario, Jeremías, siempre desafortunado, habría sido lapidado por los judíos.

    Como profeta de la Pasión, tiene como atributo una cruz que lleva en la mano o se inscribe en un disco. Para recordar que fue sumergido en una fosa fangosa a veces se le da como atributo la mantícora, animal fabuloso de los Bestiarios que habita las profundidades de la tierra. Las lamentaciones de Jeremías por la suerte de Jerusalén (Jer 52) es la escena más representada y figura en numerosas miniaturas de manuscritos. El profeta aparece sentado, en actitud abrumadora, al lado de la ciudad asediada o ya destruída (fig. 26).

5.1.3. Ezequiel

    Deportado a Babilonia en el 597 a.C. vivió con los judíos en el exilio. El acontecimiento más destacable de su vida es una sucesión de visiones, donde se siente invadido por la “Gloria de Dios”. En el corazón de una tempestad de fuego, ve a cuatro seres vivientes con rostro de Águila que tenían a su derecha un león y su izquierda un toro que describe ampliamente (Ez 1, 6-14). Estos seres vuelan y sostienen un trono, y sus alas se despliegan hacia lo alto, a pesar de tener un aspecto de antorchas ardientes. Junto a estos seres fantásticos, en los que se ha visto una prefiguración de los cuatro evangelistas, el profeta distingue una rueda por cada lado, observando encima de este extraño sistema como un firmamento. El profeta ve la Gloria de Yavé que abandona el Templo y se aleja de Jerusalén por los pecados de los judios. Denuncia igualmente la ruina de los enemigos de Israel tras conocer como Nabucodonosor toma y destruye el templo de Jerusalén en el 586 a.C. Ezequiel anuncia, al ser paseado por el Señor por un valle de huesos secos que reviven, la resurrección de los muertos (Ez 37, 1-10). En el corazón de la Jerusalén renovada, el profeta ve el Templo en que se desarrollará de nuevo el culto del Señor. Sin embargo, destaca las prescripciones que regulan las entradas del santuario, donde la puerta exterior que da a Oriente debe permanecer cerrada, ya que el Señor ha realizado su entrada por ella (Ez 44,1-13). Esta puerta cerrada se ha interpretado por los teólogos como símbolo de la Virgen, Puerta del Cielo (Porta Coeli), siempre intacta a pesar del paso del Mesías por su vientre al que concibió y parió sin perder la virginidad.

    En sus representaciones individuales, el profeta es reconocible por la filacteria que lleva la inscripción “Porta clausa est, no aperietur” (“La puerta ha sido cerrada, que no se abra”). Suele presentar como atributos el carro de fuego de su visión y la rueda doble. En la visión del Libro, Ezequiel debora el rotulus que le presenta una mano divina y acostándose durante cuatrocientos treinta días para expirar, a razón de un día por año, las inquinidades de Israel y de Judá, cortándose la barba que pesa en una balanza antes de quemarla y dispersarla a los cuatro vientos.

    La visión de la Gloria de Dios aparece en las ilustraciones de manuscritos sirios del siglo V; y durante la Alta Edad Media está representado en algunos manuscritos (fig. 27), pero se tienden a asociar su visión con la de Isaías y las del Apocalipsis de san Juan. A partir del siglo XII, se localizará en frescos (Réau, 1996: 420-434).

5.2. Profetas menores

    Como se ha manifestado, los profetas menores reciben esta denominación por la extensión de los escritos que se les atribuyen. Los Evangelios canónicos los reducen a doce (Abdías, Ageo, Amós, Esdras, Habacuc, Joel, Malaquías, Miqueas, Nahum, Oseas, Sofonías y Zacarías) para establecer su correspondencia con los apóstoles.

    Abdías salvó a cien profetas que habían sido condenados a muerte por la reina Jezábel, ocultándolos en una caverna donde los alimentaba con pan y agua. De ahí proceden sus características iconográficas, donde sus atributos son un cántaro de agua y pan, significando que alimentó y dio de beber a sus compañeros de profecía. Ageo exhortó a sus compañeros a reedificar sobre sus ruinas el templo de Jerusalén, por lo que sus atributos son un hacha y una tabla; pero, a veces es una bolsa de la cual caen monedas de plata. Amós se representa como un pastor de cabras, con un zurrón o una gaita y vigilando a su rebaño con un cayado, perteneciéndole como atributos un sicómoro y una cesta de higos. Habacuc (fig. 28) se identifica como el profeta que fue transportado por un ángel al foso de los leones de Babilonia para aprovisionar a Daniel, lo que hace que sus atributos sean un ángel y una cesta de pan. 

 


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29. Zacarias. Claus Sluter. Pozo de Moisés. Cartuja de Champol. Dijon. Hacia 1400.

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30. Libro de Daniel. Biblia de Ripoll, h. 1020 (Roma, Biblioteca Apostólica Vaticana, Vat. Lat. 5729, f. 227v).


    Joel anuncia a Israel temibles pruebas, la invasión de un pueblo “con dientes de león” después del cual vendrá una época de prosperidad. En este sentido, sus atributos son un león, un enjambre de langostas y un cuerno de la abundancia, además de estar tocado con el gorro cónico de los judíos. Los teólogos le consideran igualmente como anunciador de Pentecostés y del Juicio Final, representaciones a las que se asocia, llevando la trompeta de éste último en la boca. Malaquias anuncia al pueblo el envio de un ángel que vendrá a purificarlo, por lo que tiene este ser como atributo. Oseas deriva su nombre de Josué. Por orden del Señor se casa con una mujer de mala vida (mulier fornicaria), llamada Gomer, a la que compra y conserva a sabiendas de su engaño, ya que, al igual que los sentimientos de Yavé por Israel, su amor es más fuerte que la cólera y el asco. Su atributo es la prostituta a la cual da la mano, donde, para significar su condición, a la vez que le coloca un anillo en el dedo, le entrega monedas de plata. Igualmente, como había predicho el triunfo del señor sobre la muerte, también tiene a sus pies una calavera simbólica. Sofonías es representado mediante una linterna y Zacarias se distingue porque se acompaña del candelabro de los siete brazos descrito en sus visiones (fig.29) (Réau, 1996: 435-445).

5.3. Profetas legendarios: Daniel y Jonás

5.3.1. Daniel

    Considerado como uno de los profetas mayores del Antiguo Testamento, su libro no se debe a él y, sin embargo, narra sus hazañas y visiones (fig. 30). Desterrado en Babilonia en tiempos de Nabucodonosor, Daniel es admitido en la corte regia. En un primer momento, éste es el único que puede describir al rey un sueño que le ha aterrorizado profundamente e interpretarlo. Posteriormente, los tres hebreos, a los que el rey ha confiado la administración de la provincia de Babilonia, se niegan a adorar la estatua de oro levantada por Nabucodonosor y son arrojados juntos a un horno del que salen indemnes gracias al poder divino. En otro episodio, Baltasar, el hijo de Nabucodonosor profana los vasos de oro y plata robados en el Templo de Jerusalén por su padre en el curso de un banquete. Una inscripción que aparece prodigiosamente en el muro lo llena de terror; Daniel la interpreta anunciando la ruina de Baltasar, quien muere asesinado la noche siguiente cayendo su reino en manos de Darío. La historia de Daniel en el foso de los leones relata como, celosos del favor que el profeta disfruta en la corte, algunos sátrapas denuncian ante el rey por haber quebrantado voluntariamente la orden real de no dirigir oraciones a Dios u hombre, excepto el rey so pena de ser arrojado al foso de los leones, al que es enviado Daniel. Dios le manda un ángel que le cierra la boca a los leones y, entusiasmado el rey, que amaba a Daniel, arroja a los delatores a las fieras por las que son despedazados. Al final del libro de Daniel se encuentra un relato que no formó parte del texto original y que algunas confesiones, como judíos y protestantes, consideran apócrifo, Susana y el juicio de Daniel: Susana es sorprendida en el Baño por dos viejos. Furiosos al ser rechazados por ésta, la acusan de haber tenido relaciones amorosas con un joven. Como consecuencia, Susana es acusada de adulterio. Sin embargo, en el juicio interviene Daniel descubriendo la verdad al confundir a los acusadores que son lapidados.

    Daniel es representado por regla general como un joven sin barba. Aparece tocado con un bonete frigio, en alusión a su viaje a Babilonia. Durante la Baja Antigüedad, el arte de las catacumbas destacó sobremanera las imágenes de Daniel en el foso de los leones -tema que se hace muy recurrente en las iglesias románicas desapareciendo en el gótico- de los jóvenes hebreos en el horno y la historia de Susana (Duchel-Suchaux y Partoreau, 1996: 121-123).

5.3.2. Jonás

    Jonás recibe del Señor la orden de dirigirse a Nínive para exhortar a sus habitantes a fin de que se arrepientan de su perversa vida. Asustado se oculta y emprende la huida a bordo de un barco fenicio. Estalla una tempestad y, convencidos de la relación de la misma con la presencia de Jonás, los marinos lo lanzan al mar, que se calma inmediatamente, y Jonás va a parar al vientre de una ballena. Allí pasa tres dias y tres noches, tras los cuales Dios lo deposita sano y salvo en la costa. Jonás cumple la misión que le había sido confiada e impresionados por su predicación, los ninivitas se arrepienten y dios los perdona. Ultrajado por esa indulgencia inmerecida, Jonás sale de la ciudad y se refugia en una choza a la sombra de un ricino. Dios lo castiga por su rebelión haciendo que el árbol se seque encima de su cabeza, y lo expone a una insolación. Ante la indignación del profeta, Dios le responde que si él se encoleriza por la pérdida de un árbol, ¿cómo no iba a preocuparle al Creador la suerte de los millares de ninivitas?

    En los frescos y las esculturas de los sarcófagos paleocristianos, Jonás aparece como joven desnudo. Durante la Edad Media presenta barba y aspecto de anciano puesto que se sienta entre los Profetas. Generalmente es calvo y el arte paleocristiano multiplica las representaciones de la leyenda simbolizando la Resurrección de Cristo. Su historia pervive en el siglo XII, pero desaparece completamente en el Renacimiento (Duchel-Suchaux y Partoreau, 1996: 218-219).

 

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