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Rincón del Usuario Artículos De contenido libre Relatos y reflexiones -Fernando Ezquerra- El círculo y la piedra

El círculo y la piedra

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Por FERNANDO EZQUERRA LAPETRA

Relatos y reflexiones -Fernando Ezquerra-. El círculo y la piedra


El círculo está cerrado. Las piedras han dejado de hablarme. Hoy hemos colocado el último modillón, el mío, y, por fin, me he decidido a escribir este evangelio. También yo soy y formo parte de ese viejo maestro cantero, orgulloso del hacha que sostiene y alza en su mano derecha mientras que con la izquierda se mesa sus largas barbas. Lo hemos colocado bien. Ahora puedo mirar a la bestia sin miedo. Estoy preparado para ser devorado por la fiera.

El Tighearn, mi maestro, no puede quejarse. Durante todos estos años ha contado con la ayuda siempre fiel de la mejor cuadrilla de canteros que conozco. Gente dura en sus expresiones, gestos y palabras, hombres nacidos aquí y allá y también en esta tierra de campos blancos y aguas lentas que hasta hace unos pocos años constituían la Extremadura más desolada del reino de Aragón. El tiempo ha pasado muy deprisa. Somos hombres con diferentes lenguas que ahora nos encargamos de labrar las piedras para dejar memoria y constancia del triunfo definitivo de la verdadera fe.

Por ellos escribo, porque nada serían las obras del gran Tighearn sin las expertas manos de estos duros hombres que pagarán el precio de no salir en ningún libro de historia. Hombres buenos y trabajadores como Basilio de Uncastillo, Columba de Kerry, Kilian de Clare, Lamberto de Luesia, Damián de Luna, Kevin de Tipperary, Fortún de Biota y yo, Fintan de Moher, su hombre de confianza y su mano derecha durante más de treinta años. Sin embargo, ninguno de ellos, excepto el maestro, conoce mi verdadero nombre. Para todos ellos, yo soy Lo Mallau de San Román.

Durante años, la fiera nos ha estado esperando a todos detrás de cada portada que le hemos ayudado a esculpir. Sin embargo, yo, Fintan de Moher, ya no puedo más. Definitivamente, esta ha sido la última. Mis ojos no ven bien. Con el pasar de los días, siento cómo crece el temblor de mis manos. Cada mañana, cuando mi cuerpo está descansado, relajado, pero frío, el dolor vuelve a mis brazos de forma insoportable. Mi alma me lo pide. Una vez más, tengo que marchar. Es mi hora. No tengo la voluntad necesaria para seguir luchando. Las fuerzas me han abandonado. Mis manos no son capaces de encontrar los cálidos, mágicos y sorprendentes surcos de las piedras. He enseñado todo lo que sé al grupo; no obstante, me da miedo que el sagrado mensaje se pierda para siempre o que se oculte por caminos que conduzcan a la soledad, el silencio y la vida secreta.


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©Círculo Románico

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Tighearn Ailbe ©Círculo Románico

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©Círculo Románico


En el fondo, tengo miedo de descubrir que, con el paso del tiempo, no existan hombres que sean capaces de encontrar, de descifrar y de interpretar las palabras de este evangelio de piedra que, durante tantos años, unos hombres venidos de lejos, acaso siempre los mismos hombres, hemos ido dejando en cada noble piedra que hemos esculpido. Seguramente, mi decisión de poner por escrito la verdad primera del universo, en definitiva, de enseñar el mensaje a todos los hombres de corazón bueno no gustará al cabildo de Pamplona. Lo que ellos opinen ya no me importa nada. Soy un viejo.

He tomado mi decisión. Sólo espero que el gran maestro escultor , mi Tighearn, comprenda los verdaderos motivos que me conducen a hacer pública, en definitiva, a anunciar la buena noticia a todos y que me perdone. La fiera me espera. No le tengo miedo. Mi hora ha llegado. Sé que he completado mi último círculo de renovación y estoy dispuesto y preparado de nuevo para el gran viaje. Espero volver renacido, otro, distinto, pero el mismo. Estoy convencido de que toda la sabiduría que he acumulado a lo largo de mi vida no se perderá jamás. Cuando llegue a contemplar a Dios, sólo tendré que intuir mi destino eterno, el del círculo y la piedra, el del camino que me ha conducido siendo un hombre bueno.

Estas palabras que escribo me costarán la vida; aún así, se las debo a él, a mi padre, y a todas las gentes buenas que, en estos últimos años de mi vida, he ido encontrando en los lugares, pueblos y villas construidos en torno al frágil sistema fluvial del Arba y en sus alrededores. Ya nada me importa. El Tighearn debe entenderlo. He caminado junto a él desde el principio. Aproximadamente, tenemos la misma edad. Llegamos juntos. La suya fue una incorporación libre; la mía, no. Me llevaron a la fuerza. Si un muchacho jamás llega a comprender por qué tiene que abandonar obligado su casa, todavía entiende menos y, por supuesto, nunca acepta la muerte de su padre. Durante todos estos años, he guardado con celo todos sus secretos; pero, ahora, creo que ha llegado el momento de desvelarlos. Juntos empezamos el camino de la iluminación. Desde aquel día en el que le salvé la vida, jamás nos hemos dejado de tratar como hermanos. Todos lo saben. Nuestra amistad va más allá del compartir una misma fe.

Mi padre formaba parte de todo esto; sin embargo, se saltó la sagrada norma. Lo pagó con su vida. A mí me toca romper el silencio del círculo y la piedra. No me lo perdonarán jamás. A pesar de esto, estoy convencido de que existen hombres buenos que, si no lo hago, jamás conocerán el camino de la iluminación, en definitiva, la vida buena de la Mannerbund.

¡La Mannerbund!, todavía recuerdo con toda claridad la primera vez que escuche ese nombre. Fue hacia finales de un mes de abril, cuando la naturaleza estalla en sus mil formas y colores. Por entonces, yo era un muchacho feliz que vivía junto a los acantilados de Moher. Varios hombres se presentaron en nuestra casa preguntando por el Tighearn.

En esos momentos, mi padre se encontraba trabajando en el taller interior de nuestra casa con un grupo de aprendices a escultores. Aunque no he vuelto más, todavía recuerdo perfectamente mi casa y sus paisajes.

El pequeño taller junto con la cocina ocupaban toda la planta baja de una modesta casa de dos plantas. En el piso superior, teníamos la parte dedicada a la vivienda, formada por tres habitaciones y un pequeño cuarto que mi padre utilizaba a modo de estudio. Era su habitación privada. Nadie, bajo ningún concepto, podía entrar. Todos teníamos prohibido el acceso, incluidos nosotros, sus cuatro hijos. Siempre la cerraba con llave. Nadie sabía lo que guardaba dentro; pero, sin embargo, todos conocíamos que, cada vez que necesitaba un boceto para un nuevo proyecto escultórico, entraba en ese cuarto y salía con una serie de magníficos dibujos en sus manos.

También recuerdo que ni mi hermano mayor Brendan ni los dos oficiales del taller, los únicos autorizados por mi padre para observar los dibujos, se ponían de acuerdo a la hora de atreverse a certificar su autoría. Mientras Mel, el oficial de mayor edad, aseguraba que mi padre era el único autor de esos dibujos; mi hermano Brendan y Malquias, el oficial más joven, dudaban de que los dibujos fueran realmente suyos. Además, una fría tarde de febrero, aprovechando una ausencia de mi padre y de Mel, Brendan y Malaquias nos aseguraron a todos los que vivíamos o trabajábamos en su taller que los dibujos estaban hechos en pergaminos tan antiguos que, si no tenías cuidado, se te deshacían entre los dedos. Llegaron a garantizarnos que los dibujos, a simple vista, parecían muy viejos y que traían letras escritas en latín y en griego, pero también en nuestra lengua, el gaélico. Esa misma fría tarde, junto al fuego, Brendan se atrevió a afirmar que él creía que alguien se los había regalado a mi padre. No obstante, a pesar de todas estas dudas acerca de la autoría de los dibujos, en esos acantilados nadie ponía en duda que el Tighearn, como se conocía a mi padre, era capaz de interpretarlos, plasmarlos y ejecutarlos con tanta maestría y precisión en la piedra.


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©Círculo Románico

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© Círculo Románico

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©Círculo Románico


Aquella mañana, uno de los aprendices de mi padre del grupo que trabajaba fuera abriendo los bloques de piedra en la cercana cantera entró corriendo al taller. Muy nervioso y asustado, traía la noticia de la llegada desde las tierras altas de varios hombres misteriosos que preguntaban por él:

- Tighearn -le dijo el aprendiz con una voz que no paraba de temblar-, en la explanada de la cantera, hay unos hombres con fuerte acento de las tierras altas que preguntan por ti.

- Ahora, no estoy para nadie.

Respondió mi padre sin inmutarse, en el preciso momento que, con ayuda de un pequeño montón de fina arena del río, terminaba de pulir la forma del cuerpo de una bailarina. Luego, sin hacer caso del mensaje del aprendiz, se levantó y desde una cierta distancia observo el capitel que acababa de esculpir. Lo miró orgulloso, pero con unos ojos llenos de lágrimas y recuerdos, en definitiva, de nostalgia. El Tighearn, mi padre, lo había conseguido. Por primera vez, había sido capaz de extraer, de una sola pieza y en un único bloque de piedra, el sensual cuerpo de una mujer contorneándose y moviendo unos largos y sueltos cabellos que arrastraba por el suelo. Como si ya no tuviese la necesidad de esconder sus emociones a nadie, mi padre se limpió las lágrimas con toda naturalidad. Todos los que estábamos en esos momentos en el taller lo observamos en silencio y respetamos su tristeza.

De todas maneras, tal vez por la profunda impresión que le habían producido los viajeros, el aprendiz no se había dado por vencido. Esperó a que mi padre dejase de llorar y le comentó:

- Tighearn, los viajeros me han dicho que ya saben que estáis muy ocupado.
- Y si lo saben, ¿por qué no me dejan en paz? -le replicó rápido mi padre con unas maneras secas, duras y malhumoradas que yo no le conocía-.
- Es que, Tighearn, me han dicho que, estuvieses haciendo lo que estuvieses haciendo, te dijera una palabra, una sola palabra y que entonces tú sabrías de qué se trataba -respondió no sin cierto miedo el aprendiz-.
- Ya sé cuál es esa palabra.

El aprendiz se quedó sin saber qué decir. Mi padre había dejado de observar el capitel y se puso a recoger todas sus herramientas como si no pasara nada. Al cabo de unos cuantos minutos, miró directamente los ojos del aprendiz y le ordenó:

- Llévate a todos estos. Busca a esos viajeros y condúcelos despacio hasta casa. Ahora, durante un rato, no quiero aquí a nadie más que a Fintan, ¿me has entendido?
El aprendiz asintió con la cabeza y abandonó el taller acompañado por el resto de aprendices a escultor. A continuación, mi padre se volvió hacia mí y me pidió:
- Fintan, hijo mío, ven hacia mí y dame un abrazo. Lo necesito.

Obedecí. Al comprobar la intensidad del abrazo de mi padre, comprendí que iba a vivir algo extraño y único. Mi padre no era dado a la expresión pública de los sentimientos. Siempre esperaba a estar a solas con sus hijos. Después, me separó un poco de su cuerpo y me explicó:

- Fintan, recuerda toda tu vida que nadie puede escapar a su destino. La Mannerbund no entiende de las emociones y los sentimientos de los corazones de los hombres. Pase lo que pase, sé valiente y recuérdame siempre. Sólo en nuestra memoria viven los muertos.

La verdad es que en aquel momento no entendí muy bien lo que me quería decir mi padre. De todos modos, aunque han pasado los años, todavía recuerdo con perfecta claridad sus palabras, porque alguien se había tomado la molestia de enseñarme a usar de forma correcta la memoria. Por segunda vez en lo que iba del día, mi padre lloró. Hasta ese día, nunca jamás lo había visto llorar.

Luego, cogiéndome de la mano, me hizo mirar el capitel de la bailarina. Mientras lo contemplábamos, me dio un beso en la mejilla. Después, sin decirme nada más, se sentó sobre el taburete de madera que utilizaba para esculpir. A pesar del silencio, interpreté que mi padre no había acabado de hablarme y me senté en el suelo junto a él, admirando la perfección de la pieza que tenía ante mis ojos. El Tighearn había logrado extraer de la piedra el primer surco y, a partir de él, había sido capaz de crear la contorsión, en definitiva, la representación del movimiento de un cuerpo humano en un solo bloque de piedra. Cuando parecía que nos limitaríamos a observar en silencio su última creación, mi padre puso su mano derecha sobre mi cabeza y me dijo:

- Fintan, esa mujer que baila es tu madre.


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Bailarina de Ejea de los Caballeros ©Círculo Románico

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Bailarina de Biota ©Círculo Románico

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Bailarina de Agüero ©Círculo Románico



Ahora fui yo el que me puse a llorar. Mi padre se levantó del taburete y se sentó junto a mí en el suelo de nuestro taller. Me cogió entre sus brazos y apoyó mi cabeza sobre su pecho. Mientras no paraba de llorar, mi padre continuó hablándome:

- Algún día te explicarán la historia; pero, te cuenten lo que te cuenten, no les creas. Jamás he sido tan feliz en toda mi vida como cuando conocí y me enamoré de tu madre. Ella no sólo era bella, sino extremadamente dulce y buena. Ni ella ni yo hemos tenido suerte en esto que llaman vida. Tú eres la confirmación y la continuación de nuestro amor. Fintan, tú estás en este mundo por amor. No lo olvides jamás. Durante toda tu vida, muéstrate orgulloso de haber nacido por amor; no todos los hombres pueden decirlo. Ahora debes saber que esos viajeros vienen a por ti y a enviarme muy lejos a mí. Nos separarán para siempre.

No pude más. Me puse a llorar de forma desconsolada. Mi padre me abrazó y sentí que él también lloraba. Pasaron un par de minutos; los dos llorábamos abrazados en medio del taller y contemplando el hermoso cuerpo de mi madre. Después, mi padre continuó con la reflexión que había iniciado:

- Fintan, nunca olvides que tú eres Fintan de Moher, hijo del Tighearn de Moher y de Brígida, la bailarina. Pero, aunque yo no lo quiera, tú formas parte de todo esto desde el mismo día en el que fuiste engendrado. Por eso, escucha con atención estas mis últimas palabras y, sobre todo, oigas lo que oigas, veas lo que veas en esta habitación, sé valiente. Sin que tú lo supieras, durante estos doce años te he estado preparando únicamente para este momento. Te he enseñado a memorizar, a esculpir piedra, a interpretar la naturaleza y los símbolos, a dibujar, leer y escribir y, sobre todo, a hablar correctamente en griego y en latín. Fintan, jamás reveles nada de lo que tu memoria guarde de este tu primer encuentro con la Mannerbund. Tú estás llamado a ser grande, muy grande. Tú eres Fintan de Moher, el hijo del Tighearn de Moher y de Brígida, la bailarina.

Mi padre me abrazó de tal manera que sentí que en ese abrazo se escondía toda la ternura del mundo. Ningún muchacho de doce años es capaz de adivinar cuál será el último abrazo de su padre. No sé por qué, yo lo intuí ese día. Según lo estaba abrazando, oí a mis espaldas una fuerte y potente voz que dijo:

- Dia dhuit, Tighearn.

Al oír estas palabras, mi padre me soltó y se incorporó. Lo imité y me cogí de su mano. Junto a la puerta de entrada del pequeño taller, se encontraba un grupo de cuatro hombres, que, por su manera de vestir y por sus largas cabelleras y pobladas barbas, idénticas en su forma y corte a las que siempre levaba mi padre, advertí que también eran escultores. Como la cosa más natural del mundo, mi padre respondió:

- La Mannerbund nunca se rinde.
El más viejo del grupo y, por la actitud y predisposición de los otros, la autoridad del grupo, continuó:
- Tighearn, ¡cuántos años sin vernos!
- No te hagas el tonto. Sabes perfectamente que son doce ¾respondió duro y seco mi padre-.
- Doce, un número perfecto: el creador y su creación, el tres en movimiento ascendente hacia el cuatro -sentenció el más joven del grupo de los cuatro viajeros-.
- Fianna, si es que ya lo eres, no te canses, tres por cuatro dan doce, que tanto el muchacho como yo sabemos lo que quieres decirnos ¾le contestó como cansado y desmoralizado mi padre¾.
- Tighearn, hemos venido a por el muchacho -sentenció el más viejo-.
- Ya han pasado doce años, ¡qué deprisa corre el tiempo! Ninguno de vosotros me podrá quitar ya todos estos años -afirmó con orgullo mi padre-.
- No te pongas perfecto -comenzó a decirle con voz ronca el que más tarde se convertiría en mi preceptor-. No sabes si hemos tardado en encontrarte o lo hemos hecho a propósito. Estamos convencidos de que has educado muy bien a tu hijo. Además, Tighearn, déjate de querer alargar el tiempo. Tú hora ya ha llegado. Muere de una vez por todas y hazlo con honor, ya que trajiste el deshonor a la Mannerbund.
- ¿Amar es deshonrar? -le preguntó con valentía mi padre-.
- A una mujer, sí y tú lo sabías y lo sabes ¾contestó rápidamente el más viejo-. La Mannerbund sólo puede estar formada por hombres de corazón libre.
- ¿Y un corazón que ama no es libre? -volvió a reflexionar mi padre-.
- Déjate de juegos de palabras y acepta tu destino -le sugirió ahora el cuarto de los viajeros, el que parecía el más agresivo-. No es hora de mantener ninguna discusión filosófica ni teológica. Tú conocías las sagradas normas de la Mannerbund y las consecuencias que comporta la ruptura de uno de sus tres principios. Lo hiciste. No estamos aquí para juzgarte. Ese juicio ya se produjo hace más de doce años, cuando escapaste con la bailarina. Ese mismo día, el santo tribunal de la Mannerbund dicto tu sentencia. Hoy, hoy sólo toca su ejecución. Nosotros no somos tus jueces, sino los testigos de la pragmática de la sentencia.
- Eso ya lo sé -respondió mi padre-. Pero, por mucho que exista la regla de los tres principios, por ella misma no garantiza que su cumplimiento conduzca a la verdad. La regla sin hombres no es nada. Y los hombres tienen emociones y sentimientos, mejor dicho, son emociones y sentimientos.
- ¿Tú?, ¿tú dices eso? -gritó nervioso el más joven de los cuatro viajeros-. No tienes derecho. Todos los que formamos parte de la Mannerbund aceptamos de forma libre sus principios. No nos vengas con tonterías. Nadie vendrá a salvarte.
- Ya lo sé -le respondió sereno mi padre-. A mí me salvó definitivamente hace doce años el amor de una mujer y ante vosotros tenéis el fruto de esa iluminación.
- ¡Tighearn! -volvió a sentenciar el de más edad-, no pronuncies más herejías en mi presencia. Entréganos al muchacho.
- Libre es, cogedlo si podéis.

Les dijo mi padre, mientras soltándome de su mano me gritaba:

- Corre, corre Fintan, escapa por la portezuela de la cocina. No tienen ningún derecho sobre ti. Tú eres libre, naciste y eres el hermoso fruto de un acto libre.


Relatos y reflexiones -Fernando Ezquerra-. El círculo y la piedra


Según iba escuchando las últimas palabras de mi padre, intenté correr hacia la portezuela de la cocina. No me dio tiempo a llegar. El más joven de los viajeros me persiguió, se lanzó sobre mí y me cogió tirándome al suelo. Después, me sujetó entre sus fuertes brazos y quitándose la cuerda que llevaba cordada sobre su cintura, me ató las dos manos a la espalda. Apretó fuerte. Me hizo daño. Sentí la fuerza de la cuerda, pero no lloré. A continuación, me arrastró y me colocó delante de mi padre según le decía: - No intentes nada o tu hijo lo pagará con su vida. Sabes muy bien que no bromeo. Dale la llave de tu estudio ¾le dijo a mi padre mientras con la cabeza señalaba al de más edad¾. Hace unos cuantos años erais amigos y, por eso, conocías muy bien que él era el perito de los dibujos, el único autorizado por la Mannerbund. Por tu culpa, durante estos últimos doce años, no ha tenido trabajo, ya que en la Mannerbund no había dibujos que peritar. Durante muchos años y de forma exclusiva, él fue educado para dar fe de los sagrados dibujos. Tú los robaste. Ahora, no te hagas el tonto. No podrás escapar. Nadie te ayudará. Restituye con honor a la Mannerbund lo que es suyo por derecho divino. No me mires así. Desde hace años, sabemos todo acerca de ti. Pobre Tighearn, eres un ingenuo. Siempre se pueden acabar comprando las voluntades de los hombres con dinero; hasta la fe de los que se han mostrado siempre más fieles se puede cambiar por unas cuantas monedas de oro. Lástima que no puedas tener ahora unas cuantas palabras con el joven al que llamas tu hijo mayor. ¿Dónde estará hoy? Déjate de soñar. Estás solo. Nadie vendrá a salvarte. Entréganos los cartularios. Por fin, regresarán al lugar del que jamás tuvieron que haber salido. 

Mi padre lloró y obedeció. Se sacó por la cabeza la cinta de cuero de la que siempre colgaba la llave de su estudio y la entregó al de más edad. Este, como si supiera de memoria la distribución de la casa, se dirigió a las escaleras. Pasaron unos cuantos minutos que me parecieron eternos. Nadie habló. En esos momentos, nuestro taller me pareció sombrío, húmedo y extraño. El viejo regresó cargado con cuatro grandes cartularios. El viajero más joven le entregó un saco. Los metió y guardó anudando el saco con la cuerda con la que se ceñía su túnica. Después, se plantó a tan sólo un metro de mi padre y le dijo con una sonrisa cínica y ácida:

- Tighearn, los has guardado bien. Los dibujos se encuentran en perfecto estado. Aunque tú quieras negarlo, veo que el espíritu de la Mannerbund no te ha abandonado durante todos estos años. Ahora es el momento de la hora final. No nos lo pongas más difícil. La sentencia debe ejecutarse al modo de la Mannerbund, sin violencia. No nos impliques en un largo proceso de penitencia.
Cuando acabó de hablar, el viejo miró e hizo una señal al viajero de la voz ronca. Este extrajo un pergamino que guardaba en un estuche de piel que traía anudado con una cuerda a su cintura y empezó a leer:
- Nosotros, hombres fianna de la Mannerbund y, en su nombre, símbolos de los cuatro puntos del universo y testigos de la confirmación de la ejecución de una sagrada sentencia, reclamamos al hombre, anteriormente conocido como Tighearn Hiberniae, los dos atributos de honor que le fueron concedidos por la Mannerbund: el título de Tighearn de todos los escultores de Hibernia y el derecho a ostentar como propio dicho nombre.

Cuando el viajero de la voz ronca acabó de leer estas palabras, el viejo desató una bolsa que llevaba colgada a la cintura y se la entregó a mi padre, mientras le decía:

- Siéntate, todo te será más fácil. No sufrirás. Por fin, tú encontrarás la paz de tu espíritu y la Mannerbund habrá cumplido con la justicia divina.
Todavía no sé muy bien por qué, pero lo cierto es que mi padre obedeció a la primera. Se sentó en su taburete de cantero y se apoyó contra uno de los bloques de piedra. Después, miró el capitel de la bailarina. De repente, se levantó. La tensión tomó la forma de los nervios y la violencia en los cuerpos de los cuatro viajeros. Ante la actuación del viajero más joven que había empezado a ahogarme, mi padre le gritó:
- No lo toques, no le hagáis daño nunca jamás, yo cumpliré la sentencia. Sólo quería darle un beso, sólo uno, por favor.
El viejo miró al más joven y este dejó de apretarme el cuello. Los cuatro viajeros se miraron. Mi padre pasó entre ellos y se acercó a mí. Me dio un cálido beso y me dedicó su última mirada con esos ojos azules que tenía siempre llenos de ternura, de misterio, de cielo. Volvió al taburete. Abrió la bolsa que había colgado sobre una de sus muñecas. Sacó unas tijeras y, como si conociera de memoria lo que tenía que hacer, se cortó primero su larga cabellera para, después, hacer lo mismo con la barba. Cuando acabó, dejó con cuidado las tijeras sobre el montón de pelos, abiertas en forma de cruz. A continuación, vació el resto del contenido de la bolsa sobre la palma abierta de su mano derecha. Con muchas calma y sin dejar de mirarme un solo instante, Introdujo el contenido en su boca. Al empezar a masticar de forma pausada y serena, dejó de mirarme para siempre y dirigió sus ojos llenos de cielo y ternura hacia la bailarina. Al cabo de unos minutos, empezó a echar saliva por su boca y perdió el conocimiento. Grité con toda mi alma:
- ¡Padre!

Sólo obtuve como respuesta el silencio y unas manos que me sujetaban con fuerza, mientras me hacían mucho daño. Un silencio tan profundo que desde aquel preciso momento me ha acompañado durante el resto de mi vida. Nada ni nadie lo ha podido volver a llenar jamás. Ese silencio es sólo mío. La voz de mi padre vive en mi memoria y en ella permanecerá hasta el último día de mi existencia.
Los viajeros no habían acabado su trabajo. Dos de ellos cogieron picos de los que guardábamos en el taller y destrozaron por completo el hermoso capitel de la bailarina, mi madre. Cuando no quedaba ningún resto de figuración sobre la piedra, el viejo afirmó:

 

- Este era el único capitel para el que no existe dibujo alguno en los cartularios. Este capitel le ha salido del alma. Aquí ya no pintamos nada.



Me obligaron a abandonar nuestra casa y el cuerpo sin vida de mi padre. Mientras sentía cómo era arrastrado por una cuerda, lloré lágrimas amargas. En los acantilados de Moher no había nadie, ni siquiera los perros. Aún así, yo me llevé para siempre, guardados en la triste memoria de mis ojos, el hermoso cuerpo de piedra de una bailarina y el último beso de mi padre.


Relatos y reflexiones -Fernando Ezquerra-. El círculo y la piedra

Fernando Ezquerra Lapetra


Nacido en Biota -Zaragoza- ,1960, es doctorando en filología, bachiller en teología y con estudios de filosofía. Actualmente reside en Barcelona y pertenece a los grupos de investigación del Círculo Románico, "Taller de la Losa" y "Grupo Ailbe". 

Entre sus aportaciones más destacadas al románico, es preceptiva señalar su  interpretación coincidente con la filosofía de Juan Escoto Eriúgena en determinado románico de la península. Es autor de "El Código Irlandés" y numerosos artículos que pueden encontrarse en nuestra web. 

 


Nota de la redacción de la web: Con el tiempo, Fintan consiguió liberarse de la Mannerbund y formar una familia. Sus hijos fuern los primeros receptores del conocimiento heredado del Tighearn, pero no fueron lo únicos. Superados los momentos de depresión y melancolía que ocasionalmente le habían abatido, Fintan consiguió el reconocimiento de su entorno a los que cada día infundía un saber adicional. Progresivamente, con escasez al principio, pero luego masivamente, la gente acudía a él para aprender, con un discurso inagotable.

La Mannerbund consiguió extender su poder avasalladoramente en tanto supo mantenerse cerca de los gobernantes, pero con el tiempo el pueblo reaccionó revolucionariamente lo que la postergó de una manera definitivá en algunas grandes áreas. En nuestros días, la Mannerbund tuvo que centrar su actuación en lugares inhóspitos e insospechados para poder rehacer sus mermadas fuerzas.

Los compañeros de Fintan continuaron trabajando día a día en la forma que sabían siendo finalmente reconocidos en su valor.

En cuanto al Tighearn, y a su esposa, la memoria de ambos permanece en el lugar impregnando de su recuerdo las más bellas esculturas.

Julio 2.008

 


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