La versión oficial nos transmite que diversos clanes, comerciantes y merodeadores vikingos, irrumpieron con sus temidos
Drakkar a través de las defensas de la Europa del siglo IXº, anegando de terror los corazones de los monjes, campesinos y gobernantes durante dos siglos.

Sin embargo, los vikingos eran también, más que aquellos bárbaros invasores, únicamente marinos y este atlas es muestra de ello, de su desarrollo como comerciantes y artesanos, exploradores, colonos, que encontramos tras sus huellas, viajando a través de la historia. Desde Rusia, como comerciantes, hasta los mercenarios que sirvieron en la guardia personal del emperador en Constantinopla, o incluso en referencia a algunos de ellos que posiblemente navegaron más allá del borde del mundo -siguiendo la ruta del irlandés St Brandan-, lugar conocido entonces como la inexistente América del Norte, donde parece ser que arqueológicamente, podría encontrase su rastro desde la península del Labrador hasta las proximidades del lago Ontario.
Los
“piratae Danorum” según los
“Annales Bertiniani”, eran vikingos procedentes de la península de Jutlandia, actual Dinamarca. También leemos en otras fuentes, que durante el reinado de Ramiro I de Asturias ( c. 790 – 1 de febrero de 850), hijo de Bermudo I el Diácono y de la reina Uzenda Nunilona, realizaron varias incursiones por la costa europea en dirección Oeste, hasta llegar al puerto de A Coruña. Allí, como era de esperar, se desarrolló una gran batalla en la que sufrieron la pérdida de muchos barcos y como consecuencia de ello, una grave derrota. Estos bárbaros europeos, aún se encontraban sin cristianizar en aquella época. Más tarde, las fuentes árabes relatan que los vikingos se vengaron en Sevilla el 1º de octubre del año 844 de la derrota sufrida en la bahía coruñesa, y es de suponer que la primera incursión normanda en Galicia se produjese durante el verano de ese mismo año.
Así llegamos a Catoira, donde el gran relato de la história de Hispania hace de la guerra antigua una fiesta de actualidad y que basa su atractivo en la incertidumbre de la mayoría de nuestros mitos ancestrales, donde las leyendas, como en un perfume de mujer, mezclan el aroma de la menta, jazmín y canela con los vestigios arqueológicos defensivos, empeñados en avalar tales ensoñaciones históricas.

Y si no es en un sentido, la historia se reescribe en el otro, pues a mediados del siglo XIX todavía se insistía en la antigua creencia, respecto de la existencia de fenicios de la vieja Iberia que habrían viajado al Norte, visitando la costa occidental de Dinamarca para negociar con el ámbar de los inmensos parques forestales a cambio de estaño; estas rutas comerciales, se habrían mantenido vivas durante toda la antigüedad, e incluso mucho antes o después, pues no se sabe con certeza desde cuando circulaban legendarias descripciones de la geografía de la isla de Thule, mítica y real al mismo tiempo y siempre magnetizante, emparentándola con la primera llegada de los navegantes irlandeses y normandos a Galicia.
En todo esto, parece ser que también tuvo un fuerte bagage la historia del obispo Sisnando, de quien leemos:
wikipedia escribió:
Sisnando Menéndez (951-968), más conocido como Sisnando II de Iria, noble y obispo gallego de la Edad Media, hijo del conde Hermenegildo Aloitez y Paterna Gundesindez (fundadores del Monasterio de Santa María de Sobrado). Se hizo cargo de los enclaves militares para la defensa de la costa gallega contra los ataques de piratas vikingos y sarracenos. Sobre el año 960 levantó un castillo sobre el castro de Cedofeita, restauró las torres de La Lanzada (El Grove) y San Sadurnino en Cambados, que, junto con otros puntos como el mirador de Lobeira, el Facho de Donón (Cangas) y el campanario de san Cibrán de Calogo (Villanueva de Arosa) componían un sistema de vigilancia y defensa costera contra ataques tanto por mar como por el interior.
El obispo Sisnando consiguió del rey Sancho I de León el craso permiso para amurallar la ciudad de Compostela, a la que dotó de nuevos torreones y fosos reforzando la catedral, pero finalmente Sisnando se rebeló contra el rey y fue encarcelado, en su lugar fue nombrado san Rosendo como obispo de Iria-Flavia, pero a la muerte de Sancho I huyó de la cárcel y expulsó a san Rosendo por la fuerza de Compostela, que le profetizó «Aquel que a espada hiere a espada morirá» cuando el depuesto Rosendo fue violentado en su aposento la noche de navidad del año 966.
En el año 968 entran en Galicia los vikingos de Gunderedo y aprovechando el desorden avanzan por estos territorios sin apenas resistencia; Ramiro III habia sucedido Sancho I en el trono de León con tan sólo cinco años y parte de la nobleza gallega, enemiga de Ramiro III no apoyó a las mujeres regentes (su madre Teresa y su tía Elvira) que no pudieron organizar un ejército para hacer frente a los escandinavos. Los campesinos huyeron de los campos y los vikingos cometieron todo tipo de desmanes, el ejército de Gunderedo arrasó las iglesias de Boente, Santa Olalla de Curtis y sus monjes fueron hechos prisioneros.
En marzo de 968 Gunderedo llega a las puertas de Compostela, donde acampan a la espera de poder entrar con promesas que luego no cumplían o para buscar el mejor modo de entrara saquear, pero Sisnando II se había encargado de su fortificación y organizó un ejército que el 29 de marzo del año 968 se enfrentó a los vikingos en la batalla de Fornelos, parroquia de Rarís. En tierras de Teo, el obispo Sisnando se puso al frente de sus tropas de caballería en Fornelos, pero su temeridad lo llevó al medio del campo de batalla sin mayor defensa que su valor y murió de un flechazo enemigo, quedando derrotadas sus tropas y los vikingos entraron en Compostela.
Bibliografía: Eduardo Morales Romero (1997) (en gallego). Os vikingos en Galicia. La Coruña. ISBN 9788481216615.
Por lo dicho, creemos que uno de aquellos lugares fortificados por Sisnando, pudo ser éste de Catoira:
