Registrado: Mié Jul 08, 2009 11:39 am Mensajes: 2818
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Bueno, como veo que te lo has currado con el Fiore, siempre tan bién ecibido por estos lares, te contesto, aunque te anuncio que la relación que voy a defender está a medio camino entre el japa yoga y el orgasmo místico, que debe ser algo parecido a lo que he sentido cuando la he encontrado, y de lo cual me voy recuperando. Afortunadamente, me voy a basar en Jean Hani, o mejor dicho, en un personaje estudiado por Jean Hani, lo cual me acredita, vamos que si hago referencia a este señor en otro foro más ortodoxo me canonizan. La relación la voy a estructurar sobre la frecuente veneración de la Virgen María entre los bizantinos y voy a argumentar que la escala de Jacob puede asociarse a la idea/representación de la Virgen, o a los atributos marianos y que ello puede ser una razón del por qué la frecuente representación de la escala en lugares religiosos bizantinos, como podría ser un claustro si es que los monasterios bizantinos tuviesen claustros. Hani (Jean, no vayamos a confundirnos...) habla del rosario y para ello rescata la figura de un místico del siglo XVII, el Padre Francisco del Castillo, peruano, como dice, aunque por la época habría más bien que decir de La Nueva España, el cual Padre, además de tener tiempo para escribir su autobiografía al final de sus días, lo tuvo también para contemplar los valores místicos, y ascéticos, supongo, del rezo del rosario. Y como el tema va de largo, os copio el texto, no sin antes decir que en él se incluyen alusiones a Guenon. Dice Hani (como se acaba el espacio, yo termino. Saludos): Es una perspectiva espiritual análoga que el Padre del Castillo ha elaborado su otra técnica de rec itación del rosario. Compara el rosario a una escala que hace subir al contemplativo de la tierra al cielo y le lleva hasta la unión divina, como se dice en un díctico latino así concebido:
Esta escala se ofrece a ti; remóntala y por ella tu ganarás los espacios celestes; Por ella Dios mismo penetrará en tu alma y se entregará a ella.
La imagen de la escala es bien conocida en todas las tradiciones como símbolo de la ascensión espiritual y del recorrido iniciático. En la tradición espiritual del cristianismo, donde se la encuentra en numerosos autores místicos, remonta a los primeros Padres espirituales y, en particular, a este monje sinaíta del siglo VII, Juan, llamado justamente Climaco a causa de su tratado místico intitulado Climax, es decir en griego la Escala (7), pero sobre todo a un prototipo no-humano, que es la Escala de Jacob de la que los ángeles recorren los peldaños (Gen. 28, 11). Además el Padre acompaña la descripción de su propia escala con un diseño representando la Escala de Jacob en lo alto de la cual aparece el Paraíso celeste. La escala del Padre comprende 15 grados, correspondiendo a las 15 decenas del rosario (8), no, todavía una vez más, para simbolizar los 15 «misterios» de la recitación habitual, sino las 15 virtudes que han brillado en María y en las cuales ella a sobrepasado, como él lo muestra, todos los ordenes, humanos y angélicos, por lo cual ella ha sido introducida hasta el trono de la Divinidad.
En los 12 primeros escalones el Padre sitúa, en razón de una virtud por escalón, la Fe, la Esperanza, la Caridad, la Fuerza, la Sabiduría, la Justicia, la Contemplación, la Obediencia, la Pobreza, la Pureza, la Humildad, la Fecundidad. Estas virtudes espirituales, que son otros tantos escalones jalonando el itinerario de ascensión del alma, puede también ser homologadas en su mayor parte a los Nombres divinos, como es inmediatamente evidente para la Caridad, la Justicia, la Fuerza, la Sabiduría, la Fecundidad, la Pureza y la Pobreza misma, ya que la pobreza espiritual es una asimilación a la absoluta Simplicidad divina. Y es que la virtud espiritual no tiene justamente otra razón de ser que una asimilación progresiva a una Cualidad divina. La virtud espiritual, como lo ha mostrado muy bien T. Burckhardt, tiene como esencia una Cualidad divina, y la virtud, a medida de sus progresos, llama a una irradiación de más en más directa de la Cualidad divina de la que ella es la huella humana; porque las virtudes reflejan, en el orden humano, Cualidades divinas y constituyen adquisiciones del ser, que establecen al hombre en un estado espiritual superior, que sirve a su vez de base de partida hacia el estado superior siguiente, y así continuando (9).
Estas reflexiones nos conducen a considerar ahora las Jerarquías celestes que son nombradas a continuación por el Padre del Castillo. En efecto, los últimos grados de su escala ya no están ocupados directamente por las virtudes, sino por las tres ordenes de los espíritus angélicos con sus subdivisiones en 9 coros: en el 13º escalón la primera jerarquía, Ángeles, Arcángeles y Virtudes de los cielos; en el 14º escalón la segunda jerarquía, Potencias, Dominaciones y Principados; en el 15º, Tronos, Querubines y Serafines. Se trata para él, aquí también, de mostrar que, en el papel jugado por cada uno de los ordenes celestes, Maria ha sido infinitamente superior a estos. Lo que dice de ello no es muy claro, pero es cierto que en su descripción el Padre se refiere a una tradición bien conocida remontando, ella también, a Dionisio el Areopagita que ha largamente desarrollado el papel de las Jerarquías celestes en la vida espiritual del hombre. Al leer a Dionisio, se ve muy bien que las Jerarquías celestes son en primer lugar, como lo ha recordado René Guénon (10), los estados superiores de los estados del Ser. Dionisio define así a la jerarquía: «Una santa ordenanza, un saber y un acto tan próximos como posible de la Forma divina, elevadas a la imitación de Dios, a la medida de las iluminaciones divinas... El objetivo de la jerarquía es conferir a las criaturas, tanto como se pueda, la semejanza divina y unirlas a Dios» (11). Estas jerarquías están ocupadas por seres que nosotros llamamos ángeles y que juegan naturalmente un papel en la vida espiritual del hombre: «Es, dice Dionisio, por la entremezcla de los seres jerárquicamente superiores que los seres inferiores se elevan espiritualmente hacia lo Divino» (12). Y esto se hace posible por la analogía que existe entre la estructura de la inteligencia celeste y la de la inteligencia humana: «Cada inteligencia, celeste o humana, posee en cuanto a si, ordenes y potencias de primer rango, de rango medio y de último rango, que manifiestan, proporcionalmente a sus capacidades, estas facultades de elevación espiritual de las que se ha hablado y que corresponden a la iluminaciones jerárquicas propias de cada uno» (13). Es esta una idea que ha pasado a las obras de los místicos posteriores; se la reencuentra, por ejemplo, en Tauler, que describe el hombre exterior, el hombre racional y el hombre interior como recibiendo cada uno su moción de una de las jerarquías angélicas (14). Igualmente, en un contexto análogo, San Buenaventura, describiendo su «tercer modo de contemplación de la Verdad», dice que ésta debe ser buscada sucesivamente en las tres jerarquías celestes, para desembocar, en el nivel de los Querubines y de los Serafines, respectivamente, en la «salida de si» y en el «abrazo en el beso de la dilección» (15).
Pero la visión del Padre del Castillo se sitúa más allá incluso del orden de los Serafines, puesto que todo el sentido de su contemplación, es el de proclamar a María superiora a todos los seres, comprendidas las jerarquías celestes más elevadas, lo que es, además, rigurosamente ortodoxo: la liturgia celebra a la Virgen llamándola «más venerable que los Querubines e incomparablemente más gloriosa que los Serafines» (16). Y es interesante, a este respecto, volver sobre el simbolismo de la escala. En efecto esta imagen es aplicada a Maria misma: ella es la «Escala celeste» (17) y también la «Escala de Jacob que hace subir a los hombres de la tierra al cielo» (18). Ahora bien si ella es, ella sola, la escala, esto significa que ha integrado en si todos los grados de esta y, en consecuencia, los transciende. Si se considera que, en la escala, la posición de los escalones es determinado por el eje central -no figurado, como el pilar axial en los edificios arquitecturales, pero esencial- eje central que se identifica al Axis Mundi, al Polo universal (19), hay que decir que la Virgen se sitúa sobre este eje o, más exactamente, en la cumbre de este eje; dicho de otra manera, que ella recapitula en si misma todas las jerarquías angélicas -es el sentido de los títulos «Reina de los ángeles» y «Reina de los cielos»- y, a fortiori, todos los otros estados, que ella alcanza la cumbre del Eje vertical de los estados múltiples del Ser. Lo que nos lleva a considerar otro de sus títulos: «puerta del cielo» (porta coeli, janua coeli) (20). Esta puerta del cielo es aquí la «puerta del sol», por donde sale del cosmos para alcanzar la región de la Divinidad (21). Y es eso lo que se desprende del texto del Padre del Castillo que llama a la Virgen «Hija del Padre», expresión totalmente correcta teológicamente, y que canta siempre en versos latinos «su divinidad».
Pero lo que es más destacable, y que diremos para finalizar, es que si la Virgen, primero «hija de la tierra», en tanto que María, ha llegado a ser «hija del Padre», ella es la prueba de la deificación del hombre. Ella es el prototipo, al lado del Hijo, y bajo otro punto de vista, de la humanidad glorificada. En estas condiciones, y en el cuadro de esta teología mística, los dos métodos contemplativos concebidos por el Padre del Castillo, y que son paralelos, como se ha visto, abren perspectivas asombrosas sobre el papel que la recitación del rosario es capaz jugar en la vida espiritual; un papel demasiado a menudo olvidado o apartado, en el espíritu de muchas gentes, al lugar de una práctica más bien anodina. Mientras que esta oración meditativa -y dos veces revelada, es bueno recordarlo- constituye, como ya lo hemos dicho, una auténtica forma de japa-yoga.
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